3 poemas del mes

                             (AGOSTO, 2017)




                                    CONTIGO

 

Pasa la juventud como la vida,

que nadie la devuelve. Y lo peor

−o lo mejor, quién sabe− es no tener ni tiempo

para ver cómo ahora está pasando.

Yo la estoy viendo andar muy lentamente

cuando escribo estas líneas. Pero si a ti te miro

sólo te veo a ti, tal y como te viera

hace ya algunos años: si me engañas,

prefiero que me engañes.

Ama, ámame siempre a mí, y haz lo que quieras

 

Pasa la juventud como la vida,

tal vez la única vida verdadera, como repiten muchos.

Y si alguien me pregunta en un futuro

cómo me fue la vida, diré sencillamente

que fue lo que tú fuiste, que a mí no me pregunten.

¿Qué calor en mi carne, qué fuerza hubo en mis brazos,

qué suavidad en mis labios, qué color en el rostro?

Que a mí no me pregunten:

nunca hacemos balance de lo que yo te doy o yo recibo.

Pasa la juventud: ¡por mí que pase

si la pasamos juntos!

                                                       

                            (De Nueva estación, 2007)         

 

                           ***

 

 

       REALIDAD

 

Me pareces tan pura

que eres casi imposible,

pero eres.

 

¿Hasta cuándo serás

o, al menos,

hasta cuándo podré contar contigo?

 

 

(De Este amor y este fuego, 2011)

 

 

                        ***

 

                                   LA GLORIA DEL ABUELO

 

Estas últimas noches de los viernes

sus dos nietos han ido a visitarlo,

como si ya no hubiera discotecas

ni el bullicio envolvente de sus ritos,

los ritos de los mágicos cubatas

que todos sacrifican a los dioses

dadores del presente esplendoroso y ancho.

El abuelo revisa sus escritos,

acaricia de nuevo las palabras

de todos los poemas que le han dado la dicha.

Luego consulta libros de los sabios:

entre las líneas luce

la sencillez oculta de este mundo,

el elixir más rico de una vida

que se va consumiendo lentamente

para extinguirse sola y silenciosa

en un día preciso ya cercano.

Sus nietos lo contemplan con su paciencia extraña:

extraña porque ambos aún observan las olas

desde esa orilla opuesta donde rompe el tumulto,

mientras él ya se acerca

al confín de ese mar definitivo

que sumerge los cuerpos en su secreto fondo.

Los nietos lo acompañan en su mesa,

husmean los poemas y los libros,

susurran su entusiasmo y le preguntan

para quién escribió todos los versos,

por qué tantas palabras misteriosas

que no ha leído nadie,

ni sus hijos siquiera.

Y el abuelo recoge los papeles

esperando que un día

los nietos desempolven su trabajo.

Ahora sólo los mira y, de repente,

ve abrirse las compuertas de la gloria.

 

                                           (De Años de prórroga, 2005)


        

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