Estar, saber estar: lo más difícil.
El estar nos va siendo cada día
y nuestro ser depende sólo de cómo estemos.

Ser ya fue nuestro don inmerecido.
Empezamos a ser, seguimos siendo:
y, pues fuimos y somos, tal vez seremos siempre.
Ser fue la tenue llama que Dios puso
en medio de la noche. Una llama divina
que ha de resplandecer todos los siglos.
Y parece difícil que esa llama se apague:
su ardor llega más hondo que el de todos los fuegos,
más hondo que el ardor de las ciudades,
más hondo que el placer de cada copa
bebida con la sed de un día de fiesta.
Y parece difícil que esta llama se apague,
que este ser al que envidian los océanos
deje un día de ser, si Dios quiso que fuera,
si Él nunca se arrepiente de todo lo que quiso.

Estar, saber estar: lo más difícil,
el don que nunca nadie nos regala.
Estar, saber estar: pues que ya somos
y todo lo demás ya viene dado.
Estar en una mesa donde todos comemos
y no devorar más que nuestra ración justa.
Estar en el amor y no estar solo
y, pues que somos dos y nos amamos,
dejar que el otro esté, que ambos estemos.
Estar un día y otro en el mismo camino,
estar en el camino y caminando.
Estar valientemente en la desdicha…
Estar, saber estar: lo más difícil.

(De Años de prórroga, 2007)