Si pudiera sentir lo que tú sientes
y escucharte en tu voz poderosa y entera
y no en sus desnudos sonidos,
esta noche cualquiera no sería otra noche
que acabase de nuevo en despedida:
sería una noche inmensa
y una luna total sobre nosotros,
o sería una noche tan breve en su transcurso
que estaría por siempre amaneciendo.
¡Y ver amanecer cuando se lleva tiempo
viendo morir la vida!
¡Y ver el mismo mundo, con los ojos ya limpios,
encenderse de pronto!
¡Y ver que nunca llega el mediodía,
porque el día que llegue volverá a amanecer
con una luz más pura!

Si pudiera sentir lo que tú sientes,
yo te comprendería
y tú comprenderías al instante lo que yo te dijera:
y si dos se comprenden y se aman
se salvan de la muerte en ese instante.
Pero no, no es posible: nuestro ser de palabra
nos impide expresarnos de una vez para siempre,
nos condena a alargar la palabra y el gesto,
a decir una vez y otra vez esa frase
para así consumir todo el tiempo que dura la vida en la tierra.

Y si hemos de morir y esta vida, en el fondo, no es un sueño imposible,
habrá una vida eterna donde Dios, sin palabras, nos permita entendernos.

(De Nueva Estación, 2004)