Se me hace imposible, totalmente,
escribir el poema del espíritu,
el poema que enseñe
todo lo perdurable que hay en mí, que hay en ti:
sólo lo perdurable,
eso que a ti y a mí nos tenga siempre en vilo.

Y, sin embargo,
¡cómo resuena en mí lo perdurable,
cómo logro escuchar el estribillo
que cantan estos álamos en plena carretera!
¡Cómo siento vibrar entre sus ramas,
entre sus gruesos brazos, sus huesudos
dedos acariciados por el cielo,
el íntimo cantar que los levanta,
un día y otro día, hacia lo alto
de un mundo que no cesa!

Sé muy bien que mi cuerpo dejará de ser cuerpo
un día cualquiera. Y sé muy bien, lo sé,
que este amor que hay en mí
no depende de un día ni de otro;
no depende de nada:
es amor, es raíz, es un comienzo
que debe ser comienzo siempre, siempre,
o no podrá ser nada. (No me digas
que es sólo un episodio
de mi vida interior: ¿puede haber vida
sin este amor tan grande?,
¿puedo ser yo quien soy sin este amor por ti?)

Y, sin embargo,
este espíritu mío y este cuerpo,
me parece que son uno y lo mismo,
aunque mi cuerpo
tenga un día su fin. Y, sin embargo,
esta respiración, este aire puro,
que viene de mi cuerpo y no es mi cuerpo,
no puede respirarse sin mi cuerpo,
no puede describirse sin mi cuerpo,
ni puede ser cantado sin la voz de mi cuerpo:
ni puede ser poema sin mi cuerpo, ¡que es uno con el tuyo!

¡Oh cuerpo, cuerpo mío, cuerpo tuyo,
único cuerpo
con que puedo escribir este poema!

(De El paisaje total, 2014)