La noche, poco a poco, se me arrodilla entera
y en silencio me ofrece sus senos invisibles.
Toda mi inteligencia huele a humo,
no recuerdo más nombres que mis pasos serenos
en medio de esta sombra que tanto me seduce.
Si algún mérito tuve,
ya sólo Dios lo sabe, y en tal caso
ya lo tendrá en su gloria:
todo lo que he sabido y he tenido en la vida
fue la pequeña brisa de un viento milenario.
Ahora estoy más desnudo,
incomparablemente más desnudo
que el día en que nacía del vientre de mi madre.
Ahora soy sólo el hambre que se encarna en la tierra:
en mi boca se agolpan
los besos olvidados en todas las ciudades.
Ninguno pesa nada, pues siempre han sido polvo
y en polvo al fin nos hemos convertido:
polvo del desamor,
polvo que nunca ha sido enamorado,
polvo que aún no se ha visto celebrado en las bodas,
que nunca ha merecido ningún vestido nuevo;
polvo que nunca tuvo aniversarios
y que ahora se hermana en mi garganta

y bulle por mi sangre,
cuando acaricio suaves los senos de la noche,
descubro, poco a poco, su cuerpo pudoroso
y decido entregar la vida entera
en este oscuro lecho.

(De Años de prórroga)