A Lourdes Melero

Se te acabó el amor, la poesía,
y ya nunca quisieras volver a emocionarte.
Agarrado a la dicha segura de esta tarde de invierno,
prefieres calentarte junto al fuego que enciendes en tu
casa
leyendo las noticias reales de la prensa
a perderte en la calle y buscar en la niebla nocturna
todo aquello que un día, por suerte, encontraste,
todo aquello que sólo la suerte de un día regala.

Ya no quieres volver a soñar con la niebla de frente
y es absurdo buscar donde –piensas– tal vez no haya
nada.
Ya no quieres volver a cantar tu canción preferida,
por si luego el silencio te hiciera más negra la noche;
y no quieres llorar, aunque sea de gozo,
por temor a que un día tuvieras que llorar sin quererlo.
Y no quieres tampoco reír más allá de lo justo,
por temor a que un día no puedas reírte por nada.

Se te acabó el amor, la poesía,
y pareces al fin satisfecho,
porque al fin en tu vida no habrá ni temor ni sospecha.
Se te acabó el amor, la poesía,
y pareces al fin satisfecho,
pues no ves que tu vida también se te acaba.

(De Nueva Estación, 2007)