[Poema de otro tiempo]

Yo soy aquel que un día sintió hambre
y se atrevió a llorar por su sustento
y anduvo por las calles y entró en todas las tiendas
mendigando algún trozo del pan más necesario.
Yo he esperado no sé ya cuántas veces,
en una misma esquina, a una misma persona,
y no sé cuántos días anochecí esperando
que llegara la luna con un manjar del cielo
y me dormí de hambre en esa misma esquina
porque al final la luna tampoco me hizo caso
y amanecí otra vez sin desayuno.
Y ahora cuento mis años como si fueran viernes de cuaresma,
pues no han sido otra cosa hasta el momento:
han sido sólo un viernes de espera interminable
que, por supuesto, aún no ha terminado.
Y ya no cuento nada de lo que fui o he sido
(sólo unos pies descalzos haciendo penitencia por las noches,
mis dos manos abiertas
soñando con el sueño de un mendrugo,
mis brazos más abiertos
soñando con el sueño de un abrazo),
y ya no cuento nada de lo que fui o he sido:
yo sólo he sido un viernes,
un viernes penitente de cuaresma,
un viernes que ha cargado con todos los pecados
royéndome el estómago vacío.
Yo ya no cuento nada de mis hambres pasadas
(¿de qué sirven los gritos y las lamentaciones?:
de nada me han servido a mí en la vida).
Yo sólo cuento el tiempo que falta para el día de la Pascua,
yo sólo, silencioso, cuento el tiempo
que falta para el pan definitivo.

(De La cuenta atrás, 2000)