El día que te mueras
—si no muero yo antes, que es posible—,
yo sentiré por ti

todo eso que hoy, concretamente hoy,
por ti no siento.
Ya comprendo por qué Dios nos ha dado
el llanto y la sonrisa.
Ya sé por qué vivimos lentamente
y lentamente, juntos,
hablamos cada día en el camino.
Ya entiendo bien por qué no sonreímos nunca
como aquel primer día en que llegamos
a compartir la brisa del encuentro.
Ya entiendo bien por qué
ya no nos sale el llanto de aquella vez primera
en que una tarde
nos dijimos adiós y hasta mañana,
un adiós como un foso que se nos fuese abriendo
entre la noche inmensa,
un adiós tan cargado de futuro
que ya nuestra impaciencia no aguantaba
el peso de las horas del insomnio.
Ahora dormimos bien, dormimos juntos,
nadie amenaza ya nuestro camino
(ahora somos otros, somos al fin aquél
que un día quisimos sernos).
Nada alimenta ya nuestra impaciencia.
Se nos olvidó el hambre de la vida
y ni siquiera ya somos conscientes
de que estamos saciados:
de que es nuestra la luz que enciende la mañana,
de que es nuestra la luz
que se nos va apagando por la noche
hasta apagarse al fin en nuestra cama,
donde sólo sabemos que vivimos
y viviremos juntos hasta otro nuevo día.
Ya es nuestro hasta el dolor que en ambas partes
nos clavan de ordinario:
y es tan nuestro el dolor que no lloramos nunca,
y es tan nuestro el cansancio
que nunca lo decimos,
y es tan nuestra la vida
que nunca sonreímos por tener en las manos,
siempre juntas,
este don tan precioso.
El día que te mueras yo tendré que llorar amargamente,
y aunque nunca quisiera llegar a ese momento,
tendré que derramar todo este llanto
que ahora nos bebemos de alegría
sin darnos nunca cuenta.
El día que te mueras
me daré cuenta al fin de todo eso
que estamos olvidando de ordinario,
pues sólo si nacemos o morimos aprendemos de golpe
todo eso que somos y
todo eso que fuimos
sin darnos nunca cuenta.

(De Años de prórroga, 2005)