Estas últimas noches de los viernes
sus dos nietos han ido a visitarlo,
como si ya no hubiera discotecas
ni el bullicio envolvente de sus ritos,
los ritos de los mágicos cubatas
que todos sacrifican a los dioses
dadores del presente esplendoroso y ancho.
El abuelo revisa sus escritos,
acaricia de nuevo las palabras
de todos los poemas que le han dado la dicha.
Luego consulta libros de los sabios:
entre las líneas luce
la sencillez oculta de este mundo,
el elixir más rico de una vida
que se va consumiendo lentamente
para extinguirse sola y silenciosa
en un día preciso ya cercano.
Sus nietos lo contemplan con su paciencia extraña:
extraña porque ambos aún observan las olas
desde esa orilla opuesta donde rompe el tumulto,
mientras él ya se acerca
al confín de ese mar definitivo
que sumerge los cuerpos en su secreto fondo.
Los nietos lo acompañan en su mesa,
husmean los poemas y los libros,
susurran su entusiasmo y le preguntan
para quién escribió todos los versos,
por qué tantas palabras misteriosas
que no ha leído nadie,
ni sus hijos siquiera.
Y el abuelo recoge los papeles
esperando que un día
los nietos desempolven su trabajo.
Ahora sólo los mira y, de repente,
ve abrirse las compuertas de la gloria.

(De Años de prórroga, 2005)