Y no habrá muerte, no,
ni habrá condena
allí donde el amor vivió seguro
y rebosaba siempre de caricias
en cada una
de las espiraciones fatigosas
que engendran la existencia cotidiana.

Y no habrá muerte, no,
ni habrá condena
allí donde los brazos
estuvieron abiertos desde niños
y repartieron todos sus manjares
para seguir abiertos de por vida,
como dos grandes alas
dispuestas a emprender su vuelo a cualquier hora.

Y no habrá muerte, no,
ni habrá condena
allí donde hubo siempre una sonrisa
más luminosa y clara que el relámpago,
como una humilde fuente misteriosa
que mana de repente en cualquier sitio
de esta tierra sedienta.

Y no habrá muerte, no,
ni habrá condena

ni habrá lamentaciones ni gemidos,
ni dudas ni preguntas necesarias,
ni será necesario que recuerden
los momentos de gloria
que esconden los rescoldos del pasado
allí donde la lumbre
estuvo siempre viva
y ha contagiado al mundo con su fuego.

(De Nueva estación, 2007)