Nada añadirá nada
a la inmensa alegría que sientes esta tarde,
pues volar con sus alas nunca será posible
para el hombre: y tú ya estás a punto
de levantar tu vuelo, de alzarte por encima de mí mismo.
Y parece posible, pero yo te aseguro
que sólo volarás cuando tu muerte,
un reino muy distinto del que nada se sabe,
y no podrás contarlo.

Y hasta entonces ya nada
podrá añadir sabor al vino que bebemos,
ya nada que contar, ya nada que esperar
más allá de esta hora en que vivimos.
¡Y tú te ves tan joven! Pero no pones cara de tristeza
al ver que en tu futuro no hay nada más que esto.
¡Y yo te veo tan joven! Pero yo te aseguro
que cualquier sueño tuyo no podrá añadir nada,
y que cualquier esfuerzo, si bien es necesario,
no te dará más premio que esta sonrisa lenta y satisfecha
con que miras la vida.

Y tal vez llorarías si te dijera esto
una tarde cualquiera. Pero ahora la nada te seduce,
te invita a recogerte entre mis brazos,
como si tú y yo ahora formáramos el mundo para siempre.
Nada nos queda ya, por muy joven que seas,
por mucho que te digan y te auguren como el mejor destino
que razonablemente te mereces.
Nada nos queda ya, nada te importa:
sólo tú y yo quedamos.

(De Nueva estación, 2007)