Sólo quien conoce y comprende al otro, toma conciencia de su propio ser y de la limitación de su mundo íntimo.
Y sólo entonces siente la necesidad de la otra persona, de recibir lo que él no tiene, de ampliar su mundo limitado y enriquecerlo con la novedad absoluta de la persona conocida y maravillosamente amada. Su modo personal de reaccionar ante los problemas cotidianos o extraordinarios, su manera de sentir el efecto de unas palabras o de una situación vital, se enriquecen con la reacción propia del otro, con los sentimientos propios del otro. Con él descubre una luz totalmente nueva que ilumina su mundo y el suyo: tan distintos el uno de otro y, a la vez, tan ricos, precisamente a causa de esa radical distinción.
Cuando un individuo ha sentido –aunque sea muy levemente− la fuerza salvadora de la persona amada, ya no puede vivir solo. Y aun cuando esa persona no correspondiera a su amor, el individuo busca salir de sí: conoce su modo propio de ser, advierte su radical soledad y ansía un mundo pleno. En una palabra: crea un espacio interior cada vez más profundo y singular; desarrolla una verdadera intimidad. Cuando realmente se le presente la ocasión de amar y ser amado, tendrá un tesoro propio que ofrecer al destinatario de su amor, pues sólo en relación con la persona amada puede uno crear el santuario de su intimidad.

(Del libro La vida como obra de arte, 2019)