Si de verdad quiero relacionarme saludablemente –es decir, creativamente– con los demás, necesito tiempos de soledad para evocar a los otros y a mí mismo. Para evocarlos precisamente como personas –entiéndase–, pues siempre tendemos a simplificar el mundo personal del otro y a convertirlo en un objeto.

Esa soledad elegida y necesaria, que es una soledad psicológica, no tiene nada que ver con la terrible soledad moral del que no tiene a nadie en esta vida. Es más: esa soledad elegida y necesaria es la que, por la vía de la evocación y de la reflexión sobre el otro y los otros, me permite luego amar de verdad y adquirir una sociabilidad auténtica, no rutinaria. […]

Paseando en solitario es como mejor se alumbran las ideas creadoras, pues la acción humana de pensar reclama un espacio concreto, con un determinado paisaje, y un tiempo también concreto que transcurra sereno mientras voy alumbrando poco a poco mis ideas. El espacio y el tiempo son las coordenadas de la vida humana, y en el paseo es donde el sentimiento de las mismas se hace más agudo y consciente.

(Del libro La vida como obra de arte, 2019)