Parece que un poema verdadero
es más que suficiente para toda la vida,
pues cuanto más lo lees más te dice,
más te impulsa
a seguir su camino.

Y, sin embargo, ¡ves tantos poemas
que te llegan al alma, que te piden
un sí, un es verdad, estoy conforme!
Y ves tantos caminos que prometen
destinos tan distintos, tan eternos,
que parece un pecado no recorrer alguno,
a la vez que imposible
es recorrerlos todos.

Así se te acumulan hoy los libros
en las estanterías de tu casa:
unos los has comprado poco a poco,
porque te parecían necesarios
para ordenar tu vida;
otros se han acercado por sí mismos,
por la vía de obsequio amistoso o formal
(da igual el caso): lo importante
es que todos reclaman un trozo de tu vida,
y no tienes más vida que este trozo de tiempo
tan escaso, tan pobre, tan urgente.

Y en esa misma vida que consumes
con lógica impaciencia,
en ese mismo tiempo que transcurre
ajeno a tus deseos,
se hace mayor el tiempo que necesitarías
para escribir los libros donde traces
el debe y el haber de lo vivido,
la deuda insuperable con el mundo,
el hambre de Universo y lo pequeño
del pueblo donde vives;
la distancia infinita que te aparta
de aquello que más quieres.

Piensas en el fracaso y lo imposible
de todos tus proyectos. Piensas en olvidarlos
y no puedes
dar la espalda al pasado y al futuro.

Te consuela pensar que muchos libros
no habrán salido nunca del tintero de aquellos escritores
a quienes tanto aprecias.
Se te ocurre pensar
(y te consuela) que de toda una vida
sólo importa el proyecto.

(De Este amor y este fuego, 2011)