La mañana reclama en la ventana
mi sonrisa más limpia. Ver su luz
me desnuda de mi pijama antiguo.
Ver qué firmes despiertan los árboles del parque
me hace sentir la urgencia de ducharme
con el agua más fría, y temblar nuevamente
y olvidarme de mis viejas costumbres.
No hay un ayer que cuente al decidir mis actos:
la memoria es presente como esta agua tan clara
que corre hacia el futuro. Lo que fue o es presente
o no fue nunca nada: no hay tiempo antes del tiempo
que ahora mismo comienza. No hay ruptura,
no hay sangre de otros días cuajada en la memoria.
Hay, sí, dolor, que es fruto, que es pulpa de la vida
plenamente sabrosa. Lo que no hay es motivo
para seguir sufriendo o recordando
lo que, al fin, ya no existe.

¡Y es tan hermoso ver cómo todo comienza
después de tantos años, ver este pan tan blanco
limpiamente amasado para este desayuno,
ver por la calle rostros que van a alguna parte
con paso decidido, con confianza
renovada en la vida!
¡Y es tan hermoso ver que una mañana puede,
contra todo pronóstico, salir un día cualquiera!
¡Y ver que aún es posible volver a abrir los ojos
como quien nada sabe!

(De Nueva estación, 2007)