Una estrella serena nos alumbra,
nos invita a mirarla, a fijar nuestros ojos en los suyos.
Y ahora, mientras la miras,
mientras tú y yo encendemos nuestro rostro
con su brillo ensayado desde siglos
para dar esplendor a nuestros pasos,
mientras tú y yo en la noche, envueltos en su luz,
andamos juntos
un camino imprevisto de rumores
inmunes al olvido,
una estrella se apaga dulcemente
con el gozo de haber brillado un día,
una noche, unas horas, un instante preciso
donde lució sus galas milenarias
y consagró tu rostro, tu sonrisa, tus labios,
tus labios y mis labios mutuamente;
esa estrella se apaga, se encierra en su morada
ya invisible, y mansamente espera
el final de los siglos, como si se durmiese del esfuerzo
que ha hecho para un instante,
mientras nuestro sendero queda a oscuras,
perdemos todo el brillo y caminamos
sin vernos uno a otro, sin paciencia, sin ganas,
esperando que acabe cuanto antes
este largo camino del destierro.

(De Nueva estación, 2007)