Este nombre vulgar que me pusieron
se va multiplicando con los días:
lo voy dejando escrito
en las conversaciones cotidianas,
y con mi nombre escribo –con esa misma tinta–
todas las dimensiones de la noche
que veo en las estrellas.
En tu garganta hoy, amigo mío,
que conmigo compartes esta mesa,
escribiré mi nombre
para que tú lo grites siempre que te haga falta,
porque estaré despierto.
En tu garganta quedo aprisionado
hasta que tú decidas devorarme del todo.
Lo que hoy te doy lo he dado cada día,
con un golpe de voz, con una frase:
se lo he entregado a todos cuantos he conocido,
lo he envuelto ocultamente
entre las fibras negras de un cigarro
que ofrezco a quien me pida;
esta ofrenda que hoy, amigo mío,
te dejo con mi nombre,
aunque tal vez la olvides una mañana clara
cuando te sientas rico;
esta ofrenda pequeña como mi propio nombre
se la he entregado a tantos,
la he repartido ya en tantas esquinas,
que de mi nombre sólo
ya quedan estas sílabas escasas,
dóciles al recuerdo,
porque con este nombre
me he ido multiplicando tantas veces,
entre tantas personas,
que detrás de este nombre ya no me queda nada,
pues todo lo demás lo he repartido.

(De Madrid como delirio, 1996)