Y después de comer,
la plenitud del brindis
en la ascensión gloriosa de las manos,
donde el vino desvela sus diamantes
y se entrecruzan todos los senderos.

Ha sido muy difícil llegar a este banquete,
soportar toda el hambre que imponen nuestros días,
la lentitud del agua cayendo gota a gota
y nuestro pecho hinchando sus cántaros vacíos.
Ha sido muy difícil tejernos este traje,
cumplir todas leyes que exige la cordura,
bordear de continuo los abismos malsanos
para seguir la senda que conduce a la fuente.

Hacia este vino miran nuestros ojos sedientos.
Con un sorbo nos basta para encender la hoguera.
Al alzar nuestras copas expiran las razones
para beber la esencia del reino del delirio.
Sólo el delirio puede vencer toda distancia,
convocar los diamantes de todos nuestros sueños:
en él termina el curso de nuestro aprendizaje
y en él, al fin, donamos nuestro ser mutuamente.

(De Madrid como delirio, 1996)