Un hombre enamorado puede hablar de la vida,
convencer a las gentes y unirlas a su causa.
Un hombre enamorado es un peligro:
puede deshacer muros, cerrojos,
y abrir los ataúdes.
En su carne más honda podrá ser despreciable
porque toda su suerte está en el otro cuerpo;
podrá no saber nada, pero hablará de cosas evidentes,
porque estará tocando la pulpa de este mundo:
sus zonas más fecundas y sus miembros dolidos,
y con sus labios besa apasionado
todas las incidencias de la piel adorada,
que es su puerto seguro.
Un hombre enamorado nunca es tonto
y cuando se equivoque lo notará enseguida:
sus frases no dependen del orgullo, sino de la obediencia
al ritmo que le marca el pecho del que come,
y cuando haya devorado más allá de lo justo,
su mordisco le hará rectificarse
y devolver la fruta al árbol de la vida.
Un hombre así no puede hacernos daño:
estará obsesionado con las líneas de la boca que ama
y siente que su tronco está en otra cintura
y sabe que está andando con las piernas ajenas
y palpa la conciencia de estar inacabado,
de que es un miserable cuando piensa en sí mismo.
Por eso no podrá ofendernos nunca:
porque a cualquier persona le pedirá refugio
como si todos fueran el brazo que le falta.
Nosotros somos libres de abrirle nuestras puertas:
si no le abrimos nada, se marchará contento
a abrigarse en el fuego de la carne que acaricia sin pausa
porque es suya.
Un hombre enamorado es la certeza
de que la vida guarda algún secreto
que habremos de agarrar tarde o temprano.

(De Madrid como delirio, 1996)