Vivimos en Madrid para sentirnos cerca,
aunque no nos veamos. Y al comprobar que el día
se va tal vez peor de lo que vino,
confiamos en que un día, cruzando algunas calles,
volveremos a vernos todos juntos
(¿cuándo nos vimos juntos?)
y nos saludaremos:
tantos,
que apenas habrá tiempo para decirnos nada.

Siempre buscamos Todo, aunque no lo encontremos,
y por eso salimos a la calle como hacia una aventura.
Más cómodo es quedarse cada uno en su piso
una tarde de invierno y de cansancio,
pero no nos importa ir de pie en autobús
o en un vagón de Metro en hora punta:
en un andén cualquiera, en un semáforo,
puede esperarnos alguien,
alguien que era invisible hasta hoy mismo
y que estaba en Madrid, ¡quién lo diría!

Sólo es esa sorpresa (u otras semejantes,
tan deseadas siempre y tan inciertas)
lo que aún nos obliga
a seguir esperando en los atascos
o a consumir la vida en los transportes públicos
o a vivir en un piso sin balcones.
Es ese terco afán de poder estar juntos
--aunque nunca lo estemos—
lo que aún nos impide
construir nuestra casa en una playa,
en una playa mínima
donde sólo se vea el horizonte.

(De Este amor y este fuego, 2011)