La casa se me ha hecho muy pequeña:
la casa de mis sueños más remotos,
la casa edificada con todos los misterios de mi vida;
vida mía que habita sus ladrillos,
sus tuberías todas, sus desagües;
vida que ya tropieza por todas las paredes,
vida que ha de volar… pero ¿hasta entonces
dónde meterla?

Otros han construido, allá en la sierra,
casas en donde caben cada día más libros,
donde soplan los vientos cadenciosos
como sopla en el cielo, en el trono de Dios,
el viento de su Espíritu. Casas todas
que ven el horizonte de este mundo
como se ve la luna en noches de verano.
Pero casas muy caras para el bolsillo mío,
casas que yo no puedo comprar en esta vida
aunque me falte espacio en esta casa
para cada respiro, y más aún
para traer a alguien que respire conmigo
un aire nuevo, un aire
común y necesario.

Las casas de la sierra son hermosas
y guardan sitio aún para el amor,
pero tienen un precio que está muy por encima de mi raza.
Y si empeñara al fin toda mi vida
por comprarme esa casa del deseo,
¿quién me aseguraría que mi vida
podrá caber en ella?

(De Este amor y este fuego, 2011)