Y ella le decía a aquella amiga o compañera
que mañana debería empezar fregando por delante
del mostrador,
por donde antes que en ningún otro sitio
pisaban los clientes y ensuciaban
una hora entera de trabajo.
Porque todos los señores de las oficinas
apenas ensuciaban,
que casi toda su faena
la hacían siempre sentados. ¡Qué zona más bonita
para fregar!

Cuantas más ocurrencias le contaba a su amiga,
más cerraba y abría sus ojos tan abiertos.
Y cuanto más giraba la cabeza
para explicarle todos sus eficaces planes de trabajo,
más clara y espaciosa se le veía la nuca,
más natural y rubio su cabello.
Y cuantas más ventajas encontraba
a sus futuros planes de limpieza,
más suave y más cansada le salía la voz,
y más urgente
el comentarle a alguien todo aquello.

Nunca habló del salario,
que no sería gran cosa.
Sí habló de su cansancio, sí,
pero cambió de tema en un instante.
Se iba a echar media hora de siestita
después de haber comido algo caliente,
porque tenía una tarde complicada,
no sé por qué: no dijo.

Me miró unos segundos desde el sillón de enfrente
y yo la admiré tanto,
que me pareció ofensa decirle que yo estaba
dispuesto a acompañarla y a limpiarle
la casa o la casita en que viviera.

(De Este amor y este fuego, 2011)