Dices que ya no lees poesía,
que en tu nueva ciudad apenas llueve
las tardes de los viernes y los sábados,
y que en sus anchas calles luminosas
rehaces emociones olvidadas
en los intensos días laborables.
Dices que has adquirido la costumbre,
que conoces el peso y la medida
del amor que te ofrece tu pareja,
que es al fin suficiente. Y hasta dices
que te encanta el trabajo por sí mismo
y no te importaría
dedicarle tu mente por completo,
aunque hayas de perder las amistades
que, pensándolo bien, sólo te roban
tu tiempo más precioso.
Si miras al futuro, dices luego,
sólo ves una fronda inacabable
donde haces el amor como tarea
para acabar el día (nunca dices con quién)
y no pensar jamás en el pasado.
Y en todo lo que dices no hay fractura
–pausas para dudar, para pensar las frases–,
no hay tiempo que perder dándome explicaciones,
pues todo es bien seguro y evidente.
No hay tiempo que perder –me lo repites–
y menos con un libro de poemas.

Te vas con prisa y sin dejarme hablar.
Me das asco y envidia
por verte tan feliz como ignorante.

(De Nueva estación, 2007)