Cuanto más pienso en ti, más te distancias,
más se vuelve tu rostro evanescente,
más anchas son las aguas de este océano
que bailan sus mareas
como una pesadilla irreparable
entre dos continentes cada vez más lejanos.
Cuanto más me imagino tus palabras,
más se yergue el silencio por mis calles,
más se expande la noche por el mundo
apagando las luces de toda mi memoria
y dejando tan sólo la débil luminaria
que conduce a mi lecho,
como una isla perdida y encontrada
después de un gran naufragio.
Cuando leo tus cartas de hace tiempo,
más escueta se torna cada frase,
más invisible el nexo y el sentido
de todas tus sentencias;
más espacios en blanco
como una ola de frío que arrasara mi carne.
Y cuando más punzante es el cuchillo
que clavan en mi espalda,
cuando asisto al conjuro
de todos los ejércitos en contra,
más recuerdo tu rostro,
tu palabra encendida en paz y en mansedumbre,
la lentitud sonora de tus cartas
como un humo que sube y que se lleva
todo tu amor con él.
Y después la distancia
se abre como un compás al infinito
sobre este inmenso campo de ceniza,
sobre estos restos muertos de una dichosa hoguera

(De La cuenta atrás, 2000)