Malo dices que eres,
pidiéndome a mí ayuda por tu triste diagnóstico.
Malo, aunque no muy malo: no es vanidad perversa,
es tan sólo el deseo de hacerte más amable
(y más amado, dilo, pues eso es lo que buscas).
Malo desde tu infancia. Y se te caen las lágrimas
que tratas de impedir porque ya eres un hombre.
Y a mí me dejas blanco, pues me siento acusado
mientras me cuentas todas tus supuestas maldades.
Y me dejas pequeño, pues no puedo entender
dónde está tu pecado al lado de los míos.
Y me dejas sin habla, pues no he encontrado hombre
tan malo y, a la vez, tan digno de un abrazo:
tan bueno, no lo niegues, no lo niegues.

(De Nueva estación, 2007)