Yo acabo de nacer,
yo no recuerdo nada.
Si es que tengo memoria,
ha de ser la memoria mineral de los siglos.
Yo veo a Adán y a Eva desnudos por las calles
de esta tarde de lluvia, tapando con sus manos
el secreto sagrado del que mana la vida,
como quien se avergüenza de una mancha
que todos escondemos siempre en el mismo sitio,
por muchos que hayan muerto.

Yo acabo de nacer
y he nacido llorando como han nacido todos,
y he bebido hasta ahora
las lágrimas que llueven desde siempre:
todas saben igual, todas pesan igual,
todas se van cayendo
al charco cenagoso de los siglos.

Yo acabo de nacer
y no sé decir nada:
yo sólo sé decir todo lo que he heredado
en el fondo del pecho,
todo lo que he heredado desde que empezó el mundo.
Yo sólo sé cantar como el pájaro triste
de aquel árbol prohibido del edén,
que aún estará esperando poder volar un día
a ese nido infinito que está haciendo su dueño
con la mayor paciencia,
y allí poder cantar otro canto distinto
definitivamente.

(De Años de prórroga, 2007)