Cada día envejezco
y cada día más niña me vas tornando el alma.
Cada día que juego con el barro
te voy imaginando como un gran alfarero
que juega con mi cuerpo y con mi alma
según la dirección de su capricho.
Por tus manos ansiosas oigo cómo palpita
un espumoso mar de sortilegios
que me envuelve en sus olas al tocarme
y en medio del océano me enseña,
dulcemente,
la inmensidad del agua,
la infinitud del mundo ante mis ojos
y ese temor de ahogarme en solitario
sin un trozo de tierra al que agarrarme.
Como un niño pequeño que consigue
subir hasta los brazos con que su padre reina
e impone al universo la ley de sus designios,
y ese niño no puede más que ver cómo el mundo
crece disparatadamente en dimensiones
y arriba, muy arriba,
su padre, a carcajadas, se ríe de ese juego,
de ese juego de ahogos, de temores,
de ese espacio vacío donde el niño
cree que va flotando inútilmente
para caer muy pronto en el pozo invisible.
Y después de ese ahogo, la plegaria,
la súplica esperada de refugio,
la confesión sincera
de haber tomado el juego muy en serio,
de haber sentido el vértigo y la nada,
de haber muerto
y haber resucitado cuando su padre, al fin,
lo alza de nuevo con sus brazos enormes
y el niño allí se duerme por instinto
olvidando sus planes de futuro,
dispuesto a ser un juego,
un juguete en sus manos para siempre.

(De La cuenta atrás, 2000)