Cuando todos se van, queda la poesía
como un lento murmullo en nuestra alma.
Y, pues todos se han ido, no basta el pensamiento
ni el engarce perfecto de los juicios
ni la argumentación escrupulosa
para que todos vuelvan y vuelva la alegría
a esta porción del mundo en la que escribo.
A esa desnuda carne de la idea, desnuda y solitaria,
le hace falta el amor de otra carne desnuda
para que le rescate de ese frío:
para que se rescaten mutuamente
de la disolución de toda vida.
Cuando todos se van, queda la pena
como un hueco profundo,
más hondo que la mente y los sentidos,
más oscuro, voraz e inacabable
que la simple ignorancia de todos los humildes,
a los que entonces todos envidiamos
con una envidia sana que a menudo se olvida.
Y el hueco de la pena no se llena
con cualquier sucedáneo de aquél que lo produjo,
ni con esa engañosa suficiencia
de que sabemos mucho del mundo y sus secretos.
Ese hueco se llena con el otro,
y en esa oscura espera solitaria
tan sólo la palabra con un ritmo preciso,
con todas las presencias que promete,
podría conjurar los corazones:
palabra del amor y de la pena,
palabra humilde, mansa y progresiva,
que se sabe palabra y no se yergue en diosa,
sino que a Dios me lleva lentamente.

Cuando todos se van, queda la poesía:
y en medio del poema, un poco de esperanza.

(De Años de prórroga, 2005)