Cuando leo tus cartas, a menudo
siento cómo se esconden las palabras
que esperaba leer y que aún espero
que un día escribirás con letras grandes,
desbordando los moldes del estilo
sin encontrar los signos exteriores
para eso que tú y yo,
sólo tú y yo,
sabemos.

Cuando leo tus cartas, a menudo
siento que falta algo, algo muy esencial
y que, no obstante, no ha podido expresarse
porque hasta ahora nunca tuviste que expresarlo.
Y es un riesgo muy hondo, lo comprendo,
nombrar lo que hasta ahora no había tenido nombre
porque hasta ahora nunca había existido.
Y da miedo pensar, soñar siquiera,
que aquello que ha nacido tan dentro de nosotros
permanezca ya escrito para siempre, con palabras de siempre
que siempre han de engañar a los extraños.

Cuando leo tus cartas, a menudo
veo que las palabras no nos sirven
en lo más sustancial de nuestra vida.
Y no tenemos nada
que acorte las distancias entre tu ser y el mío.
Y es todo mar abierto entre mi alma y la tuya
mientras no haya palabras tan bellas y precisas
como tu propio cuerpo.

(De Años de prórroga, 2005)