De entusiasmo se vive sólo un día
y todo el entusiasmo sobreviene
después de haber vivido.
Aquel mirar los barcos
salir hacia otras tierras, infinitas
cuando mis ojos niños se las imaginaban
desde el pequeño espacio en que vivieron
(Imaginar entonces era una esfuerzo duro
–¿por qué voy a engañarme
con el vulgar señuelo de la infancia?–,
pero era un alimento necesario
y había que buscarlo a toda costa);
aquel ver en el mar un abanico
de sendas muy lejanas
pero quizá accesibles algún día;
aquel llanto infantil por un amor ingenuo
al que yo le soñaba sus frutos permanentes
(como si de la infancia algo permaneciera),
aquel llorar, reír, no acostumbrarme
a comerme los platos tal como eran servidos:
llorar por lo imposible, reír por lo posible
que al fin habría de darse, acostumbrarme
a ponerle colores a un futuro
que habría de acontecer como en mis cuadros.

No hubo entusiasmo nunca, sólo una ardua esperanza,
esa forma radiante con que se ve la vida.
De esperanza viví y esa esperanza
me trajo a este momento. Mi entusiasmo de ahora
es recordar que siempre esperé ese entusiasmo
(si hubo algún entusiasmo en el presente
tuvo que ser fugaz como el recuerdo
de esa cúspide alegre de mi vida).

Entusiasmo es futuro
o un pasado que mira hacia un futuro
que aún está por cumplirse:
una larga memoria de esperanzas
que aún no han germinado.
De entusiasmo se vive sólo un día
y todo el entusiasmo sobreviene
después de haber vivido:
si la lógica sirve para algo,
¿aún podré entusiasmarme en el presente?,
¿no he demostrado ya la vida eterna,
o es todo el entusiasmo, como la vida toda,
una pasión inútil?

(De Años de prórroga, 2005)