A Gastón Baquero

En una calle oscura de Madrid
escribo estas palabras
que cantan a la luz.
Un cirio se me enciende en la garganta
y va entonando llamas indomables
que bailan su conjuro,
el pacto de mi carne con el cielo.
Mi boca es toda rayo que responde
a Aquel que me ofreció todas las gracias;
mis palabras se escapan por momentos,
sólo cuando respiro:
estas frases
tan sólo son eclipses instantáneos
del baile luminoso de mi fiesta.
Pero hoy, lunes,
aquí, en Madrid,
las tiendas continúan sus afanes;
abajo, los obreros
perforan las aceras;
el fontanero sube al cuarto piso
con su máscara gruesa y cotidiana.
Yo mismo iba vestido de uniforme
cuando escribía a máquina hace un rato.
Madrid no nos da tiempo para el brindis:
de mi cirio encendido
nadie se dará cuenta.
Estas mismas palabras,
que son gotas caídas de mi copa,
se quedarán aquí por mucho tiempo:
su luz yacerá oculta en este barrio,
en esta habitación inencontrable
donde elevo la ofrenda al Dios de las delicias,
donde la carne irradia por los poros
el brillo de sus nupcias con el cielo;
se quedarán aquí, donde celebro
la posesión del fruto más sagrado.
En Madrid el delirio
hace que no coincidan nuestras fiestas:
en una casa oscura celebro mi banquete
y sólo mi Señor es convidado.

(De Madrid como delirio, 1996)