En primavera brilla la piel de los mulatos,
condenada en la noche del invierno:
ya vuelven a la vida los huérfanos de patria,
pisando con firmeza las calles de Moncloa,
con su cabeza erguida y henchida por la luz.
Ellos van por el centro de la acera
celebrando su turno,
vengando ese letargo que las lluvias pasadas,
la ausencia del abrigo, el clima hostil
les impusieron. Se vengan de las casas
que aún no tienen –no hay casa en tierra ajena–
y gozan del derecho de ser los predilectos por el sol.

Hablo de los mulatos, de la gente cruzada,
de los que ven el mundo reñido en dos colores;
hablo de los mulatos de la sangre, mezclada en el comienzo,
que viven de milagro y en trémulo equilibrio
entre el norte y el sur.
Hablo de mis entrañas, mulatas y dispersas,
donde no todo es blanco ni negro de raíz:
donde también celebro la dicha de los rayos
que van iluminando las tardes que se van;
donde también hay frío de inviernos temblorosos
y es vano que esperemos el gozo de la aurora,
y donde lo mejor es entregarnos y esperar no se sabe
a que se borre el cielo de nuboso testuz.

Me alegro del mulato, porque yo también vengo
de dos tierras distantes que no se han de encontrar;
me alegro, en fin, de todo aquel que sepa
que no es del todo blanco hasta la hiel
ni heredará esta patria por los siglos.

(De Madrid como delirio, 1996)