A don Luis Sáinz de Medrano

Dame, Señor, tus vendas cotidianas
para aliviar un poco cada día
las heridas del tiempo:
el flujo de la sangre
que se me va quedando en los pasillos,
la piel que se me abre con veinticinco años
que da miedo,
la carne que se me va mojando con la lluvia
de este mes de diciembre,
y el corazón,
que intenta volar solo,
más deprisa que el alma y que los huesos,
buscando algún refugio al precio más barato
donde alcancen las manos.
Dame, Señor, la funda indispensable
para cargar tu yugo
en cada medianoche
que nos clavan los días por la espalda,
y ahí te quedas
–se atreven a decirme–,
a ver quién te levanta al día siguiente,
a ver con qué milagro.
Yo no soy milagrero:
me bastan tus palabras:
que tus palabras lleguen
donde los días rompen su consorcio
para tejer la historia del hombre que camina
tras de la misma estrella
por semanas, por meses, por veranos;
que tus palabras lleguen
allí donde se queman
las pequeñas caricias de un instante
en que empecé a montar mi residencia,
para tener que huir deprisa
con todas mis mudanzas;
que tus palabras lleguen
cuando mis dos pulmones se apresuran
a hacer su testamento
y el corazón aún tiene que seguir ni se sabe
a donde me señales con tu dedo en la niebla.
En fin, sólo te pido el mínimo equipaje
y quítame, eso sí, lo que no me haga falta.

(De El pan más necesario, 1994)