El perfecto equilibrio está en tus labios:
hacia ellos lanza mi corazón su espada
y derrama la sangre que almaceno
entre tantas esquinas,
entre el desasosiego de los mares
que en instantes fatídicos preguntan
a dónde han de enviar todas sus olas.

Las fibras de mi carne
se tensan entre el gozo de los vientos;
el peso del gemido, más tarde,
expone su violencia.
Una estrella encendida pasa cada dos años
y su luz se me cuela en las rendijas
durante una semana,
lo que dura el delirio,
hasta que toque fondo
y la noche me envuelva en sus cortinas,
me imprima con dolor su áspero sello.

El reino del espíritu,
ese que nadie nunca ve del todo,
labora más despacio:
le cuesta asimilar la densidad del agua,
acompasar el ritmo de los peces,
chupar la última gota que reclama el deseo,
colmar exactamente su medida;
desplazar el timón en el sentido
que el oráculo santo profiere silencioso
hasta verlo de lleno:
el blanco de mi rayo más profundo.

Y entonces ya respiro,
el mundo se expansiona,
crece el camino en largo y en anchura,
el camino seguro de la fiesta.

(De Madrid como delirio, 1996)