Poema del mes

No podemos querernos con las manos vacías
porque nos quedaríamos congelados
este invierno.
Amor no podrá ser adornar nuestro espíritu
tan sólo con suspiros estudiados
como las matemáticas.
Y no podrá ser sólo el sol dentro del pecho
guardado entre las ropas habituales;
ni siquiera los ojos mirando al infinito
cargados de promesas rectilíneas.
No podrá ser así,
porque así no podríamos querernos
como nos ha hecho Dios.
No nos basta saber la terminología de esta ciencia amorosa
y empapar nuestros labios de sentencias
llenas de certidumbre.
Al menos yo, no puedo volar con mis deseos
en un golpe de voz y para siempre.
Y si me pides eso, tendrías que enterrarme
y luego volar sola al reino de la luz,
porque yo necesito oler ese perfume 
que ilumina tu alma
muy cerca de mis manos,
y antes de hablar contigo he de tomarte el pulso de todas tus mareas;
y si comemos juntos
tengo que degustar todos tus platos,
todas las inflexiones de tus labios hambrientos
y todas las tormentas que hubiste de aplacar
hasta peinarte.
No me creas tan sólo por mis frases más ciertas:
créeme en las arrugas de mi risa,
créeme en los perfiles oscuros de mi cuello;
en los lentos combates de mis brazos buscando su postura
antes de acariciarnos,
y en las grietas enormes de mis piernas
de esperarte sin pausa durante la semana,
y en mi pecho de piedra derruido
por los suaves tropiezos de tus dedos.
Mírame como soy en apariencia:
de verdad que mi carne no te engaña.

(De El pan más necesario, 1984)