Poema del mes

La razón nos dejó sin cielo y sin infierno:
de ese inmenso dolor brota la poesía hace ya siglos.
¡Qué difícil andar
por un camino roto a cada instante,
dar un salto mortal constantemente
para seguir viviendo!
Cada uno salta solo, confiando en que el ardor de una palabra
lo salvará del ancho precipicio
que se abre ante los ojos de ordinario.
En este monte abrupto de la Historia,
nublado por la cima y la ladera,
escribir no es un juego –si alguna vez lo ha sido–,
por mucho que queramos engañarnos:
es dibujar el mundo, palabra por palabra,
que una razón adulta y arrogante nos ha desdibujado.
Que el cielo o el infierno nos esperan está fuera de duda:
basta ver caminar a cada uno
por fuerza de un amor que no descansa;
basta ver cómo lloran los que no tienen fuerza,
pues quedarse no es nunca ocasión de reposo
sino de más angustia.

Andar, andar: es ley que caminemos
aun entre precipicios, jugándonos la vida;
es ley que reescribamos el texto que borraron
los hermanos mayores en edad e ignorancia.
Cada palabra es clave para nuestro destino:
no juegues con el fuego más sagrado.

(De Nueva estación, 2007)