Poema del mes

Pese a todo, Madrid, te sigo amando,
porque después de todo
tú y yo somos los mismos.
Yo vine de una tierra muy pequeña
donde mi corazón se desbordaba;
sabía de memoria los nombres de sus calles
y en un buen día decidí perderme
entre tu callejero irrepetible,
donde aún sigo perdido,
donde no hay horizontes más allá de tus casas,
donde las alegrías y las penas,
de modo simultáneo,
conviven en mil barrios y manzanas;
donde irse de excursión es recorrer tu lomo
para quedarme siempre a mitad de camino,
porque ya es imposible, físicamente hablando,
salir de tus fronteras,
porque me has enredado, Madrid, entre mil corazones
en los que es imposible desbordarse
(físicamente hablando, como siempre);
porque te me has mostrado y demostrado
mayor que el universo.
Y yo, Madrid, que vine como un niño
buscando el firmamento en tus farolas
hasta quedarme ciego,
he de reconocer que aún sigo ciego,
pues al pasar mil veces por uno de tus muchos bulevares
se me cansan los ojos de todas esas luces
que tú vas derramando en mi trayecto.
Y nunca llego en punto, y nunca llego al punto deseado,
y cuando llego es tarde, igual que un niño.
Y yo, Madrid, aún te sigo amando
porque en ti redescubro cada día
qué pequeño es el hombre
y qué grande la tierra
que ha de seguir labrando hasta la muerte,
que será aquí en Madrid, porque mi surco,
después de tantos años ampliando mi currículum,
es el surco de un niño que aún sigue jugando
en el inmenso campo de tus anchos jardines
sin haber empezado a tomárselo en serio.
Yo te amo, Madrid, porque eres grande,
tan grande como siempre,
porque vivir en ti es viajar de gratis
un viaje de ida y vuelta al mismo sitio. 

(De Madrid como delirio, 1996)